Lejos de ser una moda pasajera, la entomofagia —el consumo humano de insectos— es una práctica milenaria profundamente enraizada en las culturas originarias de México. Desde tiempos prehispánicos se aprovechaban jumiles, hormigas de miel, escamoles y una amplia variedad de gusanos, saberes que aún persisten.
Hoy, en más de cien países se consumen cerca de dos mil especies de insectos; México posee más de quinientos registros. Su textura crujiente y, al cocinarlos, sus aromas y sabores agradables los hacen especialmente atractivos. Su extracción, además, requiere conocimiento del territorio: los escamoles, huevecillos de hormiga, se recolectan solo de febrero a abril; los xamues, ligados al mezquite, aparecen de marzo a junio; los chapulines acompañan las milpas todo el año.
¿Por qué volver la mirada a estos pequeños habitantes del territorio? Porque, a diferencia de otras proteínas animales, aprovechamos el cuerpo entero del insecto, reduciendo el desperdicio. Su perfil nutricional es notable, y su versatilidad culinaria —desde tamales y gorditas hasta harinas para suplementos— los convierte en aliados de una alimentación más sostenible.
La versatilidad culinaria de estos insectos permite integrarlos a múltiples platillos. Los escamoles pueden comerse con huevo, sofritos en mixiote, en mantequilla o en quesadillas, tamales y gorditas. Los chapulines, más allá de servirse fritos con limón y chile, se muelen para hacer harina, suplementos o barras energéticas; también se disfrutan en omelettes o gorditas de frijol con quesillo. Los xamues se prueban en ensaladas, tamales con salsa roja o rellenos de aguacate con queso panela y brotes.
En un momento de crisis ambientales, rescatar estas tradiciones no es solo un acto de memoria cultural: es también una forma de habitar el territorio con conciencia, reconociendo en los pequeños insectos una fuente de vida que, durante siglos, ha sido parte viva de nuestra mesa y nuestra identidad.


